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¿Desmontar el SIDA?

El SIDA en África: En busca de la verdad


Por Rian Malan
Rolling Stone, 22 de noviembre de 2001
 

Querido Jann,

Te entristecerá saber que Adelaide Ntsele ha muerto. Quizás la recuerdes: apareció brevemente hace alrededor de un año en aquel artículo que escribí sobre la larga y enredada historia de la canción “The Lion Sleeps Tonight”, basada en una melodía compuesta por su padre, Salomon Linda. Mientras yo entrevistaba a sus hermanas acerca de la vida de su padre, el gran cantante zulú, Adelaide luchaba con la fiebre bajo sus sábanas húmedas. Sólo se levantó de la cama para sacarse una foto; estaba tan débil que apenas podía mantenerse en pie, pero quería aparecer en la revista.

Luego la llevé al hospital. Esperamos en la guardia un largo rato. Su hermana Elizabeth estaba allí; es enfermera. Cuando observó la historia clínica de Adelaide enmudeció. Más tarde me dijo que había visto un símbolo que indicaba que el examen de VIH de Adelaide había dado positivo. Además tenía tuberculosis y un problema ginecológico que requería cirugía. La operación ya había sido postergada varias veces. Para Elizabeth, era como si los médicos hubieran pensado: “bueno, ésta lo tiene, se va a morir de todas formas, dejemos que suceda”. Y así fue. 

Hace un año, la escena del funeral se hubiera escrito por sí misma. Yo hubiera descrito al viejo pastor, las tristes canciones africanas, los postes gigantes prendidos con fuego para el ritual de despedida. Hubiera mencionado el hecho terrible de que no se hiciera ninguna referencia al SIDA en los discursos de despedida, y hubiera comentado algo respecto de  la negación que aquello denotaba. Hubiera grabado las caras de los presentes, tratando de ver quiénes, en la proporción de uno cada cinco, tenían el virus que llevó a Adelaide a aquel cajón. Y entonces, al final, me hubiera retirado con tristeza, lamentándome por la existencia de una sociedad que permite que una mujer de treinta y siete años muera porque, a diferencia de los blancos ricos, no tiene los recursos para adquirir las drogas que necesita.

Sin embargo, pasé toda la ceremonia pensando en antígenos virales, reacciones cruzadas, y otros misterios a los que los Sowetanos llaman H.I Vilakazi, las tres letras del flagelo mortal. Entonces, a mitad de camino, el pastor interrumpió mi pensamiento. ¿Querrán los visitantes decir alguna palabra? Me levanté. Me ajusté la corbata y me preparé para decir todo lo que pensaba; pero me faltó coraje, y entonces sólo pronuncié un par de frases hechas como: “Es lamentable que Adelaide se haya ido tan joven”, “Soportó con gran dignidad terribles dolores”, “Siempre la recordaremos como la vemos en aquella foto”, expresé mirando hacia el retrato de una mujer con expresión melancólica, enormes y encantadores ojos y pómulos atractivos, como los de Marlene Dietrich. Adelaide quería ser modelo. Nunca lo logró. Les di mis condolencias a los familiares y me senté nuevamente.

No era el discurso que Adelaide merecía, pero aquel no era el momento ni el lugar indicado para un grito de furia y confusión. Pero ahora que el velorio terminó, hay cosas que deben decirse.

 Mi primer error

La era africana de la muerte comenzó a fines de 1983, cuando el jefe de medicina de un hospital de la entonces Zaire envió un comunicado a funcionarios de la salud norteamericanos informándoles que una misteriosa enfermedad se había desencadenado entre sus pacientes. Por entonces, Estados Unidos tenía su propia crisis en la salud. Una gran cantidad de homosexuales aparecía con una enfermedad de extraordinaria magnitud, algo nunca antes visto en occidente. Los científicos la llamaban GRID para referirse a Gay Related Immune Deficiency (InmunoDeficiencia Relacionada con la Homosexualidad). Los conservadores y los religiosos la llamaban “la venganza de Dios hacia los herejes”. A los investigadores norteamericanos les llamó la atención esta enfermedad que se había observado en Africa entre heterosexuales. Entonces reunieron y enviaron a investigar a un grupo con gran experiencia en enfermedades.

El 18 de octubre de 1983 llegaron al Hospital Mama Yemo de Kinshasa, al mando del microbiólogo belga Peter Piot, quien había estado ya en la institución años atrás, investigando la primera aparición de la fiebre Ebola. Observó el cambio enseguida. “En 1976, casi no había adultos jóvenes en las guardias ortopédicas”, le comentó Piot al reportero. “De repente, vaya, entro y veo a todos estos hombres y mujeres jóvenes agonizando, muriendo”. Los exámenes confirmaron sus peores temores: la misteriosa enfermedad estaba en África, y sus víctimas eran heterosexuales. Cuando los investigadores comenzaron a buscar el nuevo virus de inmunodefieciencia humana, lo hallaron en todas partes, en el 80% de las prostitutas de Nairobi, 32% de los camioneros de Uganda, 45% de los niños en los hospitales de Rwanda. Lo que es peor, parece que se estaba explayando muy rápidamente. Los Epidemiólogos realizaron gráficos, cuadros comparativos y se sorprendieron con horror. La curva de la epidemia terminaba en la estratosfera. Millones morirían si no se hacía algo.

Estas profecías transformaron el destino del SIDA. En 1983, era una enfermedad rara, relacionada con la homosexualidad y el consumo de heroína de las clases bajas de occidente. Unos años después, era una amenaza para la humanidad entera. “Nos encontramos indefensos frente a la pandemia más letal que alguna vez haya existido”, dijo en 1986, en una conferencia de prensa, el presidente de la Organización Mundial de la Salud, Hafdan Mahler. Los gobiernos de occidente escucharon sus reclamos de acción. Miles de millones se invirtieron en campañas de educación y prevención. De acuerdo con el Washington Post, los investigadores de SIDA, pobres antes, de repente tuvieron presupuestos que escapaban a sus posibilidades de gasto. En África, aparecieron muchas organizaciones no gubernamentales dedicadas al SIDA: 570 en Zimbabwe, 300 en Sudáfrica, 1300 en Uganda. Para el año 2000, los gastos mundiales relacionados con la lucha contra el SIDA llegaron a muchos miles de millones de dólares por año, y los activistas demandaban muchos más, principalmente para luchar contra el Apocalipsis en África, donde se decía que 22 millones estaban infectados con el virus y 14 millones ya habían muerto de SIDA. 

La época en la que yo entro en escena fue más o menos Julio de 2000, tres meses después de que el presidente de Sudáfrica, Thabo Mbeki, anunciara que intentaba reunir un panel de científicos y profesores para volver a examinar la relación entre el virus de inmunodeficiencia humana y el SIDA. Mbeki nunca dijo explícitamente que el SIDA no existiera, pero sus actos lo dejaban implícito, y lo que implicaba era difícil de entender. Se creía que Sudáfrica tenía más infectados (4,2 millones) que cualquier otro país. Uno de cada cinco adultos ya estaban infectados, y la proporción crecía día a día. Mientras terminaba su discurso, el descreimiento se transformaba en una sensación de que lo que decía era estúpido. 

“Ridículo”, dijo el Washington Post.

“Fuera de sus cabales”, dijo el Spectator.

“Un poco de mentalidad abierta está bien”, dijo el  Newsdays, “pero una persona puede tener la mente tan abierta que puede caérsele el cerebro”.

Todos se rieron, y yo froté mis manos con satisfacción: Sudáfrica estaba nuevamente en la tapa de todos los diarios del mundo por primera vez desde la caída de la segregación racial; la fortuna aguardaba al hombre de acción. Fui a ver a un amigo que es epidemiólogo. Estaba tan furioso con lo que él llamaba el “genocidio estúpido” de Mbeki, que dejó de trabajar y se fue a su casa, donde lo encontré sumido en una depresión. “Eh, olvidémoslo”, le dije, “hagamos un trato”. Y lo hicimos: él hablaría y yo escribiría. Y juntos tendríamos la historia interna del fiasco de Thabo Mbeki respecto del SIDA. Lo único que faltaba era considerar la evidencia que había dejado perplejo a nuestro líder.

De acuerdo con los periódicos, Mbeki había obtenido mucho de lo que sabía a través de Internet. Entonces puse mi computadora a trabajar a toda máquina y lo seguí al submundo virtual de la herejía del SIDA, donde los científicos renegados continúan manteniendo los sitios de la Red con la noción de que el SIDA es una mentira, inventada por una alianza diabólica de empresas farmacéuticas y de academias fascistas cuyo único interés es el de enriquecerse a sí mismos. Visité varios de esos sitios y leí la información; entonces pasé a otros sitios de universidades y gobiernos, que ofrecían refutaciones. No puedo decir que haya entendido todo, porque la ciencia es profunda y densa, pero he aquí la idea.

Vean al SIDA desde el punto de vista africano. Imagínense en una casilla de barro, o en una choza en los suburbios de alguna ciudad que se expande. Hay desperdicios en las calles, moscas y mosquitos alrededor, y el agua que toman probablemente está contaminada con materia fecal. Ustedes y sus chicos están enfermos, desnutridos y amenazados por enfermedades por las cuales no existe la posibilidad de recibir tratamiento médico apropiado. Lo que es peor, estas enfermedades están mutando, son cada vez más peligrosas y resistentes a los medicamentos. Males menores, como la diarrea o la neumonía, apenas responden a los antibióticos. La malaria se hizo resistente a la cloroquina, que es a menudo el único tratamiento al que pueden acceder los africanos pobres. Algunos brotes de tuberculosis, el otro gran flagelo de los africanos, son casi incurables. Ahora, por encima de todo, está el SIDA.

De acuerdo con lo que se escucha en la radio, el SIDA es causado por un pequeño virus que permanece dormido en la sangre por muchos años, y emerge disfrazado: una enfermedad cuyos síntomas son otras enfermedades, como la tuberculosis o la neumonía, trastornos estomacales o diarrea con sangre en bebés. Estas enfermedades no son nuevas, por eso es que los africanos son escépticos respecto del SIDA y sostienen que AIDS son las siglas en inglés de “Idea Americana para Evitar el Sexo”. Otros creen que no, que los científicos tienen razón, que todos vamos a morir si no usamos preservativos. Pero los preservativos cuestan dinero, y no tienen nada, así que suspiran y esperan que pase lo mejor.

Entonces un día se resfrían y no se curan, y comienzan a perder peso en forma alarmante. Conocen estos síntomas. Antes, tomaban algunas pastillas y se iban. Pero la medicina ya no funciona. Se enferman más y más. Comienzan con la lucha del SIDA.

Los científicos ortodoxos, si pudieran verlos allí tendidos, dirían que el sistema inmunológico ha sido destrozado por el VIH, permitiendo a la tuberculosis (o a la enfermedad que sea) desarrollarse rápidamente. Los disidentes dirían que eso es imposible, que el virus es una criatura inofensiva que sólo acompaña la caída del sistema inmunológico causada por otros factores, en este caso, toda una vida de hambre y exposición a enfermedades tropicales.

No convencidos, los ortodoxos realizan una gran cantidad de estudios en toda África que revelan que en los hospitales los pacientes VIH positivos mueren en proporciones astronómicas en relación con los VIH negativos. Los disidentes dicen no sorprenderse. Esto no prueba nada, excepto que los que mueren en hospitales portan el virus.

Los ortodoxos rechinan sus dientes con rabia. Hay una sola forma de hacérselo entender a estos rebeldes, y es demostrándoles que el SIDA es una nueva enfermedad que ha causado un incremento masivo en los índices de mortalidad africana, lo que es por supuesto verdad, conforme lo que sabemos: 22 millones de africanos infectados, y 14 millones que ya han muerto de SIDA. 

Me pareció a mí que lo único que importaba eran estos números alarmantes. Una vez que se descubrió que eran correctos, discutir más terminaría siendo obsceno, y Thabo Mbeki sería culpable como se dijo: un loco que permitía dejarse llevar por una pequeña banda de herejes que fueron tildados por todo el mundo de ridículos, lunáticos y científicos psicópatas. Entonces me dediqué a confirmar el índice de mortalidad. Sólo eso. Pensé que sería fácil, una o dos llamadas, quizás una entrevista corta. Levanté el teléfono. Ese fue mi primer error. 

Un pensamiento prohibido

Hubo un tiempo en el que me imaginaba que una investigación médica era una acción ideal, llevada a cabo por científicos interesados sólo en la verdad. Más de cerca, descubrí que son muy similares a cualquier otra empresa humana, lideradas por la envidia, la ambición y el deseo de trepar posiciones. Los laboratorios y las universidades dependen de subsidios, y el otorgamiento de subsidios tiene que ver con la tendencia política y la moda intelectual, y está destinado a ayudar a científicos cuyos trabajos interesan a la imaginación popular. Cada enfermedad tiene campeones que juntan información y proclaman la amenaza que conlleva. Los que luchan contra el cáncer dirán que su crisis se acentúa, y reclamarán más dinero para investigación. Aquellos contra la malaria dirán algo parecido, lo mismo que los que luchan contra la tuberculosis, etcétera. Si se juntaran todos sus reclamos, resulta que habría un índice de mortalidad que “duplicaría o triplicaría el número de personas que muere por año”, analizó Christopher Murray, un director de la Organización Mundial de la Salud. 

La malaria mata a alrededor de 2 millones de personas al año, casi el mismo número que el SIDA, pero los investigadores reciben sólo una fracción de los subsidios de aquellos que se dedican al SIDA. Con la tuberculosis (1,7 millones de víctimas al año) pasa lo mismo, al punto que no hubo ningún avance respecto de los medicamentos contra la tuberculosis desde 1998. El SIDA, por el contrario, está repleto. Emplea alrededor de 100.000 científicos, sociólogos, asistentes, consejeros, educadores y fabricantes de condones. Hasta los ataques del 11 de septiembre, que cambiaron de lugar las ansiedades del mundo (y los dólares de caridad), los fondos para el SIDA crecían diariamente cuando fundaciones, gobiernos y filántropos como Bill Gates entraban al círculo, conmovidos por las malas noticias, generalmente en forma de artículos que describen al SIDA como una “plaga sin piedad” o una “catástrofe bíblica” que causa una “terrible depredación” (como publicó el Times) entre la gente más pobre del mundo. 

Todas estas historias se originaron en África, pero las estadísticas detrás de ellas emanan de los suburbios de Génova, donde la Organización Mundial de la Salud tiene sus oficinas. Técnicamente empleados por las Naciones Unidas, los funcionarios de la OMS son la policía mundial de la salud, dedicada a erradicar enfermedades. Le declara la guerra a viejos flagelos, enciende la alarma por los nuevos, lucha contra epidemias, y ayuda económicamente y con experiencia a los países pobres. Junto con la UNAIDS (el Programa de las Naciones Unidas sobre SIDA, con base en el mismo campo de Génova), la OMS también recopila y disemina información sobre la pandemia del SIDA.

En occidente, recopilar información es tarea sencilla. Cada nuevo caso de SIDA es verificado científicamente y comunicado a las autoridades de la salud gubernamentales, que informan a la policía de la enfermedad en Génova. Pero el SIDA tiene lugar principalmente en África, donde hay pocos hospitales, sin suficiente personal, y sin el equipamiento de laboratorio necesario para confirmar la infección con VIH. ¿Cómo se lucha contra una epidemia en estas condiciones? En 1985, la OMS pidió a expertos que dieran una simple descripción del SIDA, algo que permitiría a los médicos reconocer los síntomas y empezar a contar los casos, pero el resultado fue un fracaso: en parte porque los médicos luchaban por diagnosticar la enfermedad con los ojos vendados, pero principalmente porque los gobiernos africanos estaban demasiado desorganizados para recolectar los números y enviarlos. Una vez que quedó claro que el sistema de información de casos no estaba funcionando, la OMS diseñó un sistema alternativo, en el que se basan ahora las estadísticas relacionadas con el SIDA en África.

Es algo así: todas las mañanas, en todas partes de la sub-sahara africana, encontrarán en las clínicas prenatales gubernamentales colas de madres esperando un estudio de rutina que incluye la extracción de sangre para un estudio de sífilis. De acuerdo con el UNAIDS, “algunas de estas muestras de sangres anónimas son examinadas para detectar VIH”. Este es un ritual que se repite por lo general una vez al año. Los resultados se almacenan en un modelo de computadora que utiliza “procedimientos de cálculo simples” y conocimientos del “curso natural ya conocido de la infección” par obtener estadísticas para el continente. En otras palabras, investigadores de SIDA seleccionan ciertas clínicas, toman las muestras que quedaron y las estudian para descubrir VIH. Los resultados se envían a Ginebra y se cargan en un programa de computación llamado Epi-model. La fórmula establece lo siguiente: si un cierto número de mujeres embarazadas son VIH positivas, entonces se presume que un cierto porcentaje de adultos y chicos también lo son. Y entonces, si todas esas personas están infectadas, se calcula qué porcentaje de ellas debe haber muerto. Por lo tanto, cuando el UNAIDS anuncia que 14 millones de africanos murieron de SIDA, no significa que hayan contado 14 millones de cuerpos infectados. Significa que 14 millones de personas teóricamente murieron, muchos sin ser vistos, en pueblos y tierras de nadie de África.

Se puede teorizar a gusto acerca del resto de África y nadie se va a enterar. Pero mi país es distinto: somos una nación semiindustrializada con un servicio de estadísticas respetable. “Sudáfrica”, dice Ian Timaeus, profesor del London School of Hygiene and tropical Medicine y consultor de UNAIDS, “es el único país de la Sub-sahara africana en el que se registran en forma rutinaria suficientes muertes para realizar estadísticas de mortalidad”. Agrega: “falta mucho para cubrirlas a todas, pero hay suficiente para que resulte útil”. De acuerdo con Timaeus, se registran 8 de cada 10 muertes en Sudáfrica, comparado con 1 a 100 en cualquier otro lugar al sur de Sahara.

Por lo tanto, me pareció que chequear el número de muertes registradas en Sudáfrica era la forma más segura de evaluar la estadística dada desde Ginebra. Entonces conseguí las cifras. Los modelos de computadora de Ginebra indicaban que aquí las muertes se habían triplicado en tres años, de 80.000 en 1996 a 250.000 en 1999. Pero ese aumento no podía discernirse en el total registrado de muertes, que iba de 294.703 a 343.535 en casi el mismo período. La discrepancia era tan grande que anoté las cifras para estar seguro de que había entendido estos números correctamente. Ambas partes me confirmaron que había entendido bien, y en ese preciso instante, mi historia estaba en problemas. Las cifras de Ginebra reflejaban una catástrofe. Las de Pretoria, no. Entre estos dos extremos hay una zona gris de expertos como Stephen Kramer, gerente de la compañía aseguradora Metropolitan’s AIDS Research Unit, cuyo modelo de computadora muestra una cifra tres veces menor que la de Génova. La OMS reconoce que no son cifras exactas sino sólo estimativas; sin embargo, todos las aceptamos como la verdad. 

Pero, ¿no queremos escuchar esto, no? Yo tampoco. Arruinaba la historia, así que traté de ignorarlo. Si era verdad que tantos africanos estaban muriendo, entonces los fabricantes de ataúdes debían estar trabajando duro para tanta demanda. En un diario que encontré, se hablaba de que una empresa llamada Affordable Coffins, que comerciaba baratos ataúdes imitación madera, no daba abasto. Pero luego se dijo esto la empresa sólo había comenzado a funcionar hacía sólo dos meses, y dos empresas de la competencia que habían lanzado similares productos unos años antes habían quebrado. “La gente no estaba interesada”, dijo un tal Mr. Rob Whyte. “Querían ataúdes hechos con madera de verdad”.

Entonces llamé a las empresas que trabajaban con madera de verdad: tres industrias que fabricaban ataúdes en una línea de montaje para el mercado nacional. “Está tranquilo”, me dijo Kurt Lammerding, de GNG Pine Products. Lo mismo opinaron los de la competencia. El negocio estaba parado.

“Es un hecho”, dice Mr. A. B. Schwegman, de B&A Coffins. “Si se cree todo lo que dicen los diarios, uno se conmueve, pero no hay nada de eso. Entonces, ¿qué está pasando? Dígamelo usted”.

No pude, aunque sospechaba que tenía algo que ver con el racismo. Desde la caída de la discriminación en 1994, comercios ilegales comenzaron a funcionar en las ciudades negras, y no podía descartar la posibilidad de que se estuvieran comprando los ataúdes de contrabando. Entonces llamé a una firma cuyos dueños eran negros, Mmabatho Coffins. Pero había quebrado. Seguí intentando con otros. Esto se estaba poniendo muy raro. De acuerdo con la historia publicada en el diario más leído de Sudáfrica, las muertes se habían casi duplicado en la última década. “Esto no es estimativo”, dijo el Sunday Times, “es un hecho”. Y si era cierto, alguien tenía que estar haciendo negocio en el mercado de ataúdes.

Otras averiguaciones me llevaron al deteriorado centro de la ciudad de Johannesburg, en donde un estacionamiento ha sido transformado en una galería de carpinterías, cada una manejada por un carpintero negro que inició el negocio mediante subsidios del gobierno. Caminé buscando fabricantes de ataúdes, pero sólo había dos. Eric Borman dijo que el negocio iba bien,  pero él era un maestro carpintero que hacía uno o dos ataúdes de lujo por semana y parecía rechazar la idea de que sus clientes eran la clase de personas que mueren de SIDA. Por eso, tendría que hablar con Penny. Borman señaló el lugar, y allí fui, metiéndome más y más en el laberinto. El comercio de Penny estaba cerrado y abandonado. Vi que adentro había ataúdes sin vender hasta el techo y un cartel que decía CERRADO. 

En ese momento, un pensamiento prohibido cruzó mi mente. Quizás suene loco para ustedes, a miles de kilómetros de aquí, pero pónganse en mi lugar. Viven en África, en el ocaso de un Johannesburg postcolonial, una ciudad que alguna vez estuvo habitada sólo por blancos, pero la cual está, sin embargo, demasiado cerca a la frontera del SIDA. Durante años, los expertos han dicho que la plaga avanza hacia el sur del continente, cada vez más cerca de ustedes. Al principio nada pasa, pero llega un día en el que los infectados son cada vez más, y para el año 2000 leen en el periódico que de cada cinco adultos que viven en sus barrios, hay uno que marcha hacia una muerte segura. 

Esto tiene que ser cierto, porque lo dicen los expertos. Entonces comienzan a buscar evidencias. Laston, el jardinero de la calle 10, está sospechosamente flaco y parece no curarse nunca de la tos. En la otra punta de la cancha de golf, Mrs. Smith ha enterrado recientemente a su estimado mayordomo. La empleada de Mr. Beresford también ha muerto. Su primo Lenny conoce a alguien que tiene una fábrica donde están muriendo todos los operarios. Los periódicos predicen que la economía caerá. Y los colegios cerrarán porque están muriendo todos los maestros. 

Pero entonces ven que el negocio de Penny no abrió y piensan: “¡Dios mío!, algo extraño está pasando aquí”. 

¿Es todo esto posible? Bueno, yo creo que el SIDA existe y que está matando a los africanos. Pero, ¿tanto como dicen los expertos? Difícil de saber. En mi barrio, se lo aseguro, la gente está tan susceptible con toda la propaganda de muerte, que cada vez que una persona se enferma gravemente o  muere creen que fue de SIDA, especialmente si era pobre y negro. Pero no estamos seguros, ni siquiera lo están los que padecen, porque casi ninguno ha sido tratado. ¿Para qué?, se pregunta Laston, el jardinero. Sabe que no existe cura para el SIDA, ni esperanzas de obtener la medicación necesaria. El invierno pasado tuvo un resfrío; todos decían que era SIDA. Pero no era. En el verano se mejoró. Y Stanley, el albañil, se convirtió en “el caso” del barrio. Él dijo tener un problema coronario, pero a sus espaldas todos murmuraban: “¡Oh, Dios mío!, es SIDA”. Pero, ¿lo era en realidad? No teníamos ni idea. Estábamos dejándonos llevar por la histeria. 

Nadie quería escuchar esto. 

Mis amigos, preocupados, me dejaron artículos de periódicos en el buzón: CEMENTERIO COLMADO. HOSPITAL DESBORDADO. CÁRCEL LLENA,... 

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